Pastor’s Desk 04-14-19

Constantine the Great was the first Christian Roman emperor. His father Constantius I who succeeded Diocletian as emperor in 305 A.D. was a pagan with a soft heart for Christians. When he ascended the throne, he discovered that many Christians held important jobs in the government and in the court. So, he issued an executive order to all those Christians: “Either give up Christ or give up your jobs.” The great majority of Christians gave up their jobs rather than disowning Christ. Only a few cowards gave up their religion rather than lose their jobs. The emperor was pleased with the majority who showed the courage of their convictions and gave their jobs back to them saying: “If you will not be true to your God you will not be true to me either.” Today we join the Palm Sunday crowd in spirit to declare our loyalty to Christ and fidelity to his teachings by actively participating in the Palm Sunday liturgy. As we carry the palm leaves to our homes, we are declaring our choice to accept Jesus as the King and ruler of our lives and our families. Let us express our gratitude to Jesus for redeeming us by his suffering and death, through our active participation in the Holy Week liturgy and our reconciliation with God and His Church, repenting of our sins and receiving God’s pardon and forgiveness from Jesus through His Church. ———————————————————————— The Greek author Plutarch describes how Kings are supposed to enter a city. He tells about one Roman general, Aemilius Paulus, who won a decisive victory over the Macedonians. When Aemilius returned to Rome, his triumphant procession lasted three days. The first day was dedicated to displaying all the artwork that Aemilius and his army had plundered. The second day was devoted to all the weapons of the Macedonians they had captured. The third day began with the rest of the plunder borne by 250 oxen, whose horns were covered in gold. This included more than 17,000 pounds of gold coins. Then came the captured and humiliated King of Macedonia and his extended family. Finally, Aemilius himself entered Rome, riding in a magnificent chariot. Aemilius wore a purple robe, interwoven with gold. He carried his laurels in his right hand. He was accompanied by a large choir singing hymns, praising the military accomplishments of the great Aemilius. That, my friends, is how a King enters a city. But the King of Kings? He entered riding on a lowly donkey. Zechariah envisioned the King of Kings, the Messiah, coming not on a great stallion, but riding on a humble donkey. Zechariah foresaw it. Jesus fulfilled it. ———————————————————————— A little girl came home from worship. It was Palm Sunday. Her father asked what she had learned that day. She told him she learned all about the crowd waving their palm branches and singing a song to Jesus. The father was pleased that she had learned so much. He asked, “What was the song they were singing to Jesus?” The little girl paused, then said, “I think it was O Susanna.”

Fr. Joseph Antony Sebastian
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Constan no el Grande fue el primer emperador romano cris ano. Su padre, Constancio I, que sucedió a Diocleciano como emperador en 305 d. C., era un pagano con un corazón blando para los cris anos. Cuando ascendió al trono, descubrió que muchos cris anos tenían trabajos importantes en el gobierno y en la corte. Entonces, él emi ó una orden ejecu va para todos esos cris anos: “Renuncia a Cristo o renuncia a tus trabajos”. La gran mayoría de los cris anos renunciaron a sus trabajos en lugar de repudiar a Cristo. Sólo unos pocos cobardes renunciaron a su religión en lugar de perder sus empleos. El emperador se mostró complacido con la mayoría que mostró el coraje de sus convicciones y les devolvió sus trabajos diciendo: “Si no eres fiel a tu Dios, tampoco lo serás conmigo”. Hoy nos unimos a la mul tud del Domingo de Ramos. En espíritu de declarar nuestra lealtad a Cristo y fidelidad a sus enseñanzas par cipando ac vamente en la liturgia del Domingo de Ramos. Mientras llevamos las hojas de palma a nuestros hogares, estamos declarando nuestra opción de aceptar a Jesús como el Rey y gobernante de nuestras vidas y nuestras familias. Expresemos nuestra gra tud a Jesús por redimirnos por su sufrimiento y muerte, a través de nuestra par cipación ac va en la liturgia de la Semana Santa y nuestra reconciliación con Dios y su Iglesia, arrepen éndonos de nuestros pecados y recibiendo el perdón de Dios de parte de Jesús a través de su Iglesia. ——————————————————————————— El autor griego Plutarco describe cómo se supone que los reyes entran en una ciudad. Él cuenta acerca de un general romano, Emilio Pablo, quien obtuvo una victoria decisiva sobre los macedonios. Cuando Emilio regresó a Roma, su procesión triunfante duró tres días. El primer día se dedicó a mostrar todas las obras de arte que Aemilius y su ejército habían saqueado. El segundo día se dedicó a todas las armas de los macedonios que habían capturado. El tercer día comenzó con el resto del botin llevado por 250 bueyes, cuyos cuernos estaban cubiertos de oro. Esto incluía más de 17,000 libras de monedas de oro. Luego vino el rey de Macedonia, capturado y humillado, y su familia extendida. Finalmente, el mismo Emilio entró en Roma, montado en un carro magnífico. Aemilius llevaba una túnica púrpura, entretejida con oro. Llevaba sus laureles en su mano derecha. Fue acompañado por un gran coro cantando himnos, alabando los logros militares del gran Emilio. Así, mis amigos, es cómo un rey entra en una ciudad. ¿Pero el rey de reyes? Entró montando en un burro humilde. Zacarías imaginó al Rey de reyes, el Mesías, no viniendo en un gran semental, sino montando en un burro humilde. Zacarías lo previó. Jesús lo cumplió. ——————————————————————————— Una niña pequeña llegó a casa de la adoración. Era el domingo de Ramos. Su padre le preguntó qué había aprendido ese día. Ella le dijo que había aprendido todo sobre la mul tud que agitaba las ramas de sus palmas y le cantaba una canción a Jesús. El padre se alegró de que ella hubiera aprendido tanto. Preguntó: “¿Cuál era la canción que le estaban cantando a Jesús?” La niña se detuvo y luego dijo: “Creo que fue O Susana”

Fr. Joseph Antony Sebastian
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