Pastors Desk 05-20-18

An old beggar lay on his deathbed. His last words were to his youngest son who had been his constant companion during his begging trips. “Dear son,” he said, “I have nothing to give you except a cotton bag and a dirty bronze bowl which I got in my younger days from the junk yard of a rich lady.” After his father’s death, the boy continued begging, using the bowl his father had given him. One day a gold merchant dropped a coin in the boy’s bowl and he was surprised to hear a familiar clinking sound. “Let me check your bowl,” the merchant said. To his great surprise, he found that the beggar’s bowl was made of pure gold. “My dear young man,” he said, “why do you waste your time begging? You are a rich man. That bowl of yours is worth at least thirty thousand dollars.” We Christians are often like this beggar boy who failed to recognize and appreciate the value of his bowl. We fail to appreciate the infinite worth of the Holy Spirit living within each of us, sharing His gifts and fruits and charisms with us. On this major feast day, we are invited to experience and appreciate the transforming, sanctifying and strengthening presence of the Holy Spirit within us. This is also a day to renew the promises made to God during our Baptism and Confirmation, to profess our Faith, and to practice it.

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A ship strayed off course near San Diego some years back. It became stuck in a reef at low tide. Twelve tugboats were unsuccessful in their attempts to budge it. Finally, the captain instructed the tugs to go back home. He sighed, “I’ll just be patient and wait.” He waited until high tide. All of a sudden the ocean began to rise. What human power could not do, the rising tide of the Pacific Ocean did. It lifted that ship and put it back into the channel. Something like that happened to the early Church on the Day of Pentecost. They were all together in one place – confused, unmotivated and fearful – when suddenly the tide of Holy Spirit rolled in.

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Just after receiving his driver’s license, a Lutheran minister’s son wanted to talk about using the family car. “I’ll make a deal with you,” his father said. “Bring your grades up, read your Bible more often, and get a haircut. Then you may use the car once or twice a week.” A month later the question came up again. “Son,” the father said, “I’m proud of you. I see you studying hard and reading your Bible every day. But you didn’t get a haircut.” After a moment’s pause, the son replied, “Yeah, I’ve thought about that. But Samson had long hair, Moses had long hair, and even Jesus had long hair.” “True,” the father replied, “but maybe you noticed that they walked wherever they went.”

 

Fr. Joseph Antony Sebastian
St. Joachim Church
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Nota de nuestro pastor:

Un viejo mendigo descansaba en su lecho de muerte. Sus últimas palabras fueron para su hijo menor, quien había sido su compañero constante durante sus viajes a mendigar. “Querido hijo”, dijo, “no tengo nada que darte excepto una bolsa de algodón y un recipiente de bronce sucio que tengo desde mis días más jóvenes que agarré de la yarda de chatarras de una señora rica.” Después de la muerte de su padre, el niño continuó mendigando, utilizando el recipiente que su padre le había dado. Un día un comerciante de oro dejó caer una moneda en el tazón del muchacho y se sorprendió al oír un sonido tintineo familiar. “Déjame revisar tu tazón”, dijo el comerciante. Para su sorpresa, encontró que el tazón del mendigo era hecho de oro puro. “Mi estimado joven,” dijo, “¿por qué pierdes tu tiempo pidiendo? Eres un hombre rico. Este tazón tuyo vale por lo menos 30 mil dólares.” Nosotros los cristianos a menudo somos como este niño mendigo que no pudo reconocer y apreciar el valor de su tazón. No somos capaces de apreciar el infinito valor del Espíritu Santo quien vive dentro de cada uno de nosotros, compartiendo Sus dones, frutos y carismas con nosotros. En este día de fiesta importante, se nos invita a experimentar y apreciar la transformación, santificante y fortalecimiento de la presencia del Espíritu Santo dentro de nosotros. También es un día para renovar las promesas hechas a Dios en nuestro Bautismo y Confirmación, profesar nuestra Fe y practicarla.

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Un buque se desvió de curso cerca de San Diego hace algunos años. Fue atrapado en un arrecife en marea baja. Doce remolcadores fracasaron en sus intentos de sacarlo. Por último, el capitán mandó a los remolcadores que volvieran a casa. Él suspiró, “Sólo tendré que ser paciente y esperar”. Esperó hasta la marea alta. De repente, el mar comenzó a subir. Lo qué el poder humano no pudo hacer, la marea del Océano Pacífico lo hizo. Levantó ese barco y lo puso de nuevo en el canal. Algo así le sucedió a la Iglesia primitiva en el día de Pentecostés. Estaban todos juntos en un solo lugar, confundidos, desmotivados y temerosos, cuando de repente la marea del Espíritu Santo entró.

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Después de recibir su licencia de conducir, el hijo de un ministro Luterano quiso hablar sobre el uso del coche de la familia. “Voy a hacer un trato contigo,” dijo su padre. “Sube tus calificaciones, lee tu Biblia más a menudo y hazte un corte de pelo. Entonces puedes utilizar el coche una o dos veces a la semana.” Un mes más tarde la pregunta surgió de nuevo. “Hijo,” el padre di jo, “me siento orgulloso de ti. Te veo estudiando arduamente y leer tu Biblia todos los días. Pero tú no te hiciste un corte de pelo.” Después de una pausa por un momento, el hijo respondió: “sí, lo he pensado. Pero Sansón tenía el cabello largo, Moisés tenía cabello largo, y hasta Jesús tenía el cabello largo.”” Cierto,” el padre respondió, “pero tal vez notaste que caminaron dondequiera que fueron.”

Fr. Joseph Antony Sebastian
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